El servicio
Pero no es este el motivo de querer recordar un tiempo
pasado donde en la Encarnación, como punto de encuentro era en muchas ocasiones
el punto donde se finalizaba, por muchos motivos y circunstancias, el temido servicio que la inspección de la delegación
de consumo llevaba, en difíciles momentos, pero con gran acierto.
Era evidente que no siempre podían soslayar lo evidente, y
menos consentir el abuso de confianza con los placeros, lo que le llevarían a
perder la autoridad que hacían gala, pero sin alharacas, pues cada uno sabía el
sitio y el de los demás.
Aunque las piernas van retrasadas con respecto a la memoria,
solemos rescatar en las ocasiones que podemos hablar de plaza de abastos, y no
de esta patochada, que de haber estado en activo difícilmente podía haberse
inaugurado.
Ahora que los vendedores idealizados por los años nunca
fueron lo que eran, y los inspectores de consumo, mas de lo mismo, al menos mi
amistad se ha fortalecido con Enrique Gavira, acaso por que no hemos perdido el
contacto ocasional.
Nuestro recuerdo se encamina
hacia aquellos vendedores espabilados, con engaños imposibles, y las actuaciones
lógicas pero difíciles de entender entonces, cuando el tiempo de los miedos era
un bolígrafo.
Aunque tuve algún roce con algunos de los que ni pienso
dedicarle una sola letra, estas solo quieren recordar en justicia acaso a los
inspectores que aplicaron mas el sentido común que el reglamento, por cierto, tan
desconocido como inexistente, que se aplicaban desde el año 1929, como
referencias sanitarias y medidas en para la exposición universal, y con algún
añadido de post guerra, sobre la aplicación de márgenes, el control de los
sobrantes, y las tasas de los productos que la administración disponía, lo cual
en ocasiones era una ruina para los vendedores, que agudizaban el ingenio, no pueden
imaginar de que manera, para poder sacar una miseria.
Mi recuerdo para el cuarteto de inspectores, acaso más duro
y a la vez más condescendiente con la situación económica del momento, Luciano,
y Luis Zabala, este segundo tengo noticia de su fallecimiento, y del primero la
última vez que le vi estaba enganchado en la ludopatía de las maquinas, casi
irreconocible.
La segunda pareja, Pepin Alarcón, que además era pintor de
cuadros hombre tranquilo y tolerante, junto con Enrique fueron sin duda profesionales íntegros de un difícil
servicio donde el corazón cada día libraba una batalla entre el deber y la situación.
Conociéndolos, no me los imagino ganando el insudado pan de
papel, como tantos que en la actualidad,
ni conocen el procedimiento administrativo, y llevan meses sellando el mismo expediente. La
vida.
Sevilla a 27 de Agosto de 2014
Francisco Rodríguez Estévez
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