El verano de la mascara
Tal que fuera carnaval diariamente me tapo la mitad de la
cara, al punto de que puedo estar irreconocible, es algo que soporto por mi
bien y por el de todos, según creo es el
mejor sistema de evitar una propagación que se lleva vidas por delante, tal como las
cuentan esta tarde de calor insoportable como el respirar durante horas con
la mascarilla puesta.
Hablan de personas, de miles de personas que se llevó la
pandemia, en su mayor parte mayores, y en gran número asiladas o recogidas en
residencias aun teniendo familia, que por mil motivos no les pudieron atender,
en su casa, que es donde deben de permanecer los abuelos hasta el último
momento. Lo cierto es que a partir de cierta edad se piensa que de no ser por
cuanto ayuda la ancianidad en la economía familiar, serian “vistos” como
estorbo. En otros casos basta participar en el costo y se quita el “problema”.
La tertulia pone de relieve que en algunos casos fatales,
los familiares visitadores, advertían que algo no iba bien, en algunos casos
trataron de hacer lo que ni estaba en sus manos por arrebatar al virus la
victima que inocentemente había sido contagiada sin saber de qué.
El calor me hace volver a escribir lo de la Encarnación bajo
setas, y es que en este tiempo de mascaras permanecer allí ya se hace difícil
resistir, y todos los pronósticos no aparecen favorables. De todas maneras esto
que se advierte no es una situación sobrevenida de pronto, como le vino la
primera tos al residente pensando que había cogido frio, desde hace muchos años
la decadencia se ceba sobe los pobrecitos placeros, y aun en la soledad que
padecen, que nada tiene que ver con la mascarilla, ni con las desinfecciones semanales,
ni con la desinsectación de posibles plagas, el silencio deja ver lo que no se
escucha.
Cuenta el nieto de un fallecido, que su abuelo no imaginaba
que pudiera tener un final de desolación, y ni el mismo, salvo cuando era
evidente que de allí no se podía salir.
Siempre cuando escucho estas historias
asocio mis ideas a los pobrecitos placeros y al fanal en el que nadie hace
nada, donde ni ellos mismos saben que la tos es un síntoma, un aviso de algo
que puede tratarse en los primeros estadios, pero en los finales se hace
irreversible.

Esta calor me hace recordar la frase del doctor a los
medios, sobre lo de la Encarnacion, “esto no se explica porque no se
entendería”. Pues eso.
Sevilla a 29 de Junio de 2020
Francisco Rodrioguez