No le va el calor a la plaza de placeros, ni le fue en la
provisionalidad de asbesto, ni en lo de las setas de abetos, lo suyo después de lo pasado debe de ser la refrigeración.
Y es que con tanta modernidad como que no hay forma de que se acerque a amor de esta lumbre el alejado publico y cuando lo hace, el poco que intenta dar con la entrada, pues le calentamos con vueltas a un ruedo insufrible.
De siempre me gustó poquito el verano, por cuanto si no tienes más remedio que quedarte en esta plaza, sin duda notaras que el público se marcha como quien dice a los baños, o cuando los menos, se quedan en casita y el consumo de tapitas por la noche resuelve a la señora el meterse en la cocina, que es lo que requiere los negocios de alimentación, y de paso evita el fregar, incluso pasarle el pañito al hule.
Y es que con tanta modernidad como que no hay forma de que se acerque a amor de esta lumbre el alejado publico y cuando lo hace, el poco que intenta dar con la entrada, pues le calentamos con vueltas a un ruedo insufrible.
De siempre me gustó poquito el verano, por cuanto si no tienes más remedio que quedarte en esta plaza, sin duda notaras que el público se marcha como quien dice a los baños, o cuando los menos, se quedan en casita y el consumo de tapitas por la noche resuelve a la señora el meterse en la cocina, que es lo que requiere los negocios de alimentación, y de paso evita el fregar, incluso pasarle el pañito al hule.
En esta plaza de
abastos que a semejanza de coso de toros y toreros, el estío ha marcado con sus clarines el último
tercio, parecía que la lidia llevada a cabo en el primero tendría la puerta
ganada. En el segundo aparte de la creatividad realizada en los embroques
resaltaba en cada lance de quites, el arte por cómo se llevó el primero. Ahora
en la suerte final de “espadas” solo queda el acierto para abrir la puerta, la
mas afortunada, aun temiendo que en cualquier derrote se abra los pestillos de la que lleva a
los hules.
El tiempo de los tercios no hace crecer la velocidad en esta
corrida en la que abrir la puerta tanto significa, y los avisos, en lugar de
tocar pelo, pueden llevar a cortar el falso aplique de tantas temporadas en activo.
El tiempo se apura, en este último tercio de una postrera faena, y sin espada la estaquilla solo permite realizar ayudados mientras con la vista se recorre el filo de las tablas para reconocer al mozo de “espadas” en el callejón, que lo mismo ocurre aquello de que teniéndola en la mano, escondiéndola con la derecha, la plástica del natural mejora incluso la del doctor, que dejo la diestra para el arrastre, tal como merecería el morlaco de la mala suerte, para llevarle hasta el desolladero.
El tiempo se apura, en este último tercio de una postrera faena, y sin espada la estaquilla solo permite realizar ayudados mientras con la vista se recorre el filo de las tablas para reconocer al mozo de “espadas” en el callejón, que lo mismo ocurre aquello de que teniéndola en la mano, escondiéndola con la derecha, la plástica del natural mejora incluso la del doctor, que dejo la diestra para el arrastre, tal como merecería el morlaco de la mala suerte, para llevarle hasta el desolladero.
La lenta faena casi duerme en la canícula del silencio, como
calle desértica que no encuentra la salida. Por el momento hay que esperar que
pase este largo verano tedioso, y en el repertorio apenas queda pase que no sea
de adorno que son aquellos que te llevan a los hules, sin ni tan siquiera haber
montado la “espada” para alcanzar el
triunfo de abrir la puerta.
Los clarines han sonado y con tanto peligro pasado hace sentir que esta vez no suenen a miedo más parece que sea de júbilo septuagenario, y en tanto llega ese 17, que suma ocho, y que tiene marcado el destino con la chequera preparada a tal fin, que digo que lo mismo será como abrir la puerta y salvarse de los hules. Que dura está siendo la corrida.
Sevilla a 28 de Junio de 2016
Francisco Rodríguez Estévez